La viña ampurdanesa es de las más antiguas de España.
Empuries se considera tradicionalmente como la puerta de entrada por la cual los griegos introdujeron el cultivo de la viña en la península, hacia el año 600 a .c.
La tradición vinícola continuó con los romanos, y fue consolidada definitivamente por los monjes benedictinos.
La reconquista por parte de los francos, que lleva a la creación del Principat de Catalunya, permite una explosión demográfica que hace que las tierras abandonadas durante la invasión árabe fuesen distribuidas por el rey a sus compañeros de armas y a la iglesia.
Los monasterios benedictinos de Sant Pere de Rodes, Santa María de Roses y St. Quirze de Colera, creados a finales del siglo IX y principios del X, convirtieron las vertientes de la sierra de Rodes, cubiertas de vastos bosques de encinas y alcornoques, en terrazas donde se cultivaba principalmente la viña, aunque también trigo y olivo.
De hecho, el primer tratado de enología catalán es el del bodeguero de Sant Pere de Rodes , Ramón Pere de Novas, que dicta normas para una mejor elaboración del vino.
En los siglos de esplendor, XVIII y XIX, la viña se destina principalmente a exportación. Desde Cadaqués se llevaba vino a Cádiz para luego embarcarlo hacia América, a Francia para hacer mezclas, y a Génova y Roma para intercambiarlo por trigo, siendo Cadaqués y Roses puertos adaptados para descargar este cereal.
En los años 1870, la filoxera destruyó la viña francesa, lo cual hizo que el vino subiera de precio, y que aumentara aún más la superficie cultivada en Cataluña. Sin embargo, en 1879 destruyó toda la viña en el Empordà.
Este cultivo se recuperó, como en el resto de Europa, empleando pies resistentes a esta enfermedad, e injertando en los mismos las variedades tradicionales que, cuidadas con esmero, permiten conseguir los vinos tan característicos de esta denominación de origen.
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